Prof. Danny Monsálvez Araneda, Depto. de Historia, Universidad de Concepción
Algunos sujetos creen que las instancias institucionales son los espacios legítimos donde plantear la reflexión crítica a los problemas de la sociedad; otros consideran que aquello no es viable, ya que la institucionalidad es un instrumento al servicio de los grupos dominantes; por lo tanto, la acción debe trasladarse a las calles. Sin desconocer lo anterior, la idea es buscar formas distintas de pensar y hacer las cosas, intentando superar el mecanicismo ideológico para no caer en la intolerancia política, la imposición a empellones de las ideas; peor aún, caer en el sectarismo, dogmatismo y balbuceo revolucionario, aquello va distorsionando las buenas ideas, al punto de terminar por deslegitimar ante el resto la acción individual y colectiva.
“El desarrollo libre del espíritu” no sólo corre para un lado, es para todos y no sólo se debe predicar sino practicar. Quienes organizan, convocan y dirigen la acción colectiva o movimiento tienen un grado mayor de responsabilidad social y política ante sus pares y la comunidad. Al mismo tiempo, no se puede ser tan sesgado en los análisis, omitir la autocrítica y calificar despectivamente a un sector de la comunidad por el sólo hecho de no compartir determinadas prácticas políticas. Por ello, utilizar la vieja estrategia de empañar a otros para defenderse, pierde sentido y mas que ayudar a esclarecer, contribuye a crear más confusión, cuando no un mayor rechazo.
Es por ello que cuando un sujeto o grupo se enmarca en un proyecto de transformación y discusión, debe ser suficiente e históricamente responsable para hacer frente a las críticas que puedan llegar y no comenzar a responsabilizar al del frente, buscar apoyos morales y respaldos corporativos ante las debilidades o contradicciones que puedan manifestar durante la batalla de ideas o cuando tu discurso no es bien recibido y aceptado por el resto. La dirección y conducción de cualquier organización desde la más básica hasta la más estructurada y compleja requiere de un mínimo de preparación (intelectual), responsabilidad (socio-política) y racionalidad (proyectual).
La praxis (la cual tanto pregonan algunos) no se impone, se sustenta con teorías y planteamientos o como señala Castoriadis, debe ir acompañada de un proyecto y programa, que apunten en la construcción de (tu) autonomía pero con los otros, no contra otros.