Dr. Oscar Ponce. Facultad de Ciencias Biológicas. Universidad de Concepción.
El viaje es un movimiento, un traslado de un lugar a otro.
Voy a tomarme la licencia de hablar de dos tipos de viajes, distintos en sus distancias y en sus espacios. Unos fuera de la tierra. Otros al interior de la célula.
Viajan los hombres y mujeres, en el mundo y hacia afuera de él, más allá de la biosfera. Así fueron los viajes de Yury Gagarin, de Valentina Tereshkova o de Neil Armstrong y muchos otros. Las máquinas también pueden viajar, dirigidas por hombres y mujeres, aunque ellas no van con ellos.
Hace ya una veintena de años, producto de la inteligencia de la especie humana, una nave espacial se dirigió a las inmediaciones del Planeta Marte, lo orbitó y desde allí, comandadó desde la Tierra, escapó de la atracción de ese planeta y se dirigió a las estrellas, a través de millones de kilómetros, cargando entre otros, un mensaje de paz, la imagen de la pareja humana y la música de Juan Sebastián Bach.
A fines del siglo pasado una nueva misión espacial, a cargo de la nave Observador de Marte, llegó a posarse sobre este planeta, desplegó allí cámaras e instrumentos para enviar imágenes y resultados sobre su naturaleza química. Todo esto para la posibilidad de enviar una nave tripulada para determinar qué haría el hombre una vez posado allí, a 750 millones de kilómetros de nuestro planeta.
Muchas otras naves han llegado a Marte, y se ha encontrado evidencias de que algunos millones de años atrás era un planeta amigable, con ríos correntosos que desembocaban en inmensos mares. También con anhídrido carbónico. Sólo que ahora está todo congelado.
Y se han iniciado las especulaciones científicas. Y se habla de un jardinero, que tendría que calentar la superficie de Marte. Sólo habría que sintetizar potentes gases para producir allí y recrear una atmósfera tal como había hace millones de años. La estrategia ya se sabe: es el mismo efecto invernadero que inconscientemente hemos practicado en la tierra y con el cual hemos calentado nuestro planeta.
Es lo que ha dicho Chris Mckay, científico de la NASA que resume su teoría diciendo, “sólo calientas Marte, y arrojas luego allí algunas semillas, el agua y el anhídrido carbónico ya estarán allí”.
Los viajes a Marte se harían frecuentes, y el planeta sería otra vez verde, como lo era tal vez, muchos millones de años antes.
Paso a otro tipo de viajes, más telúricos, más vitales, más conocidos e infinitamente más pequeños.
Todos los días, en cualquier lugar de nuestro cuerpo, biomoléculas recorren nuestro cuerpo por el torrente circulatorio, llegan a células de tejidos específicos, se detienen en su superficie, son recibidos por otras biomoléculas receptoras y entran al interior de la célula. Estos viajeros pueden ser las hormonas.
Una vez allí, continúan su viaje intracelular al interior del núcleo. Allí se impulsa un mensaje originado en la hormona. Se decodifica el mensaje para que una nueva molécula salga del núcleo y llegue a una factoría celular donde ese mensaje se ha de expresar: En esa factoría se sintetizará una proteína específica para que esa célula cumpla una determinada función celular. Este viaje se multiplica miles de veces, y en miles de células de ese tejido. Y ese tejido en función de todo el organismo va a poder seguir viviendo.
La nave espacial ha sido una molécula portadora de un mensaje. Su viaje no puede fallar. Es la vida la que está en juego.
Su objetivo puede ser preservar la vida, mejorar una célula que está enferma, o simplemente matarla para que no siga produciendo más daño.
Cada día se sabe más sobre los viajes espaciales. Cada día se necesita saber más sobre los viajes al interior de la célula.

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