Por Claudio Maggi

Director de Desarrollo e Innovación UdeC

El Covid-19 no es la primera pandemia que azota a la humanidad en tiempos recientes. En el curso del siglo pasado y lo que va del actual podemos contar al menos cuatro previas, altamente devastadoras: la viruela, el sarampión (ambas con brotes recurrentes hasta el desarrollo de sus respectivas vacunas), la llamada “gripe española” y el VIH, que en conjunto han costado la vida de cientos de millones de personas en todo el mundo. Sin embargo, la del Covid-19 es la primera que cuenta con un monitoreo en tiempo real, escrutable por cada persona en prácticamente todo el planeta. Día a día estamos atentos a su dramática evolución constatando que, tal como indica el físico y escritor italiano Paolo Giordano, “el contagio es la medida de cuán global, interconectado e inextricable se ha convertido nuestro mundo”.

Resulta evidente que esta crisis trae consigo desafíos importantes en diferentes niveles, partiendo por la capacidad de respuesta en tiempo y cobertura de los sistemas de salud, el compromiso y disciplina de la comunidad para acompañar las disposiciones de la autoridad, y el despliegue de planes, tan necesarios como urgentes, para proteger tanto a la población como a las fuentes de empleo más vulnerables en este escenario, a fin de mitigar los efectos potencialmente devastadores en la economía. Los resultados y la inevitable comparación entre países, en términos de quiénes lograrán responder más efectivamente a estos desafíos se verán en los próximos meses, aunque los efectos de esta crisis inevitablemente se prolongarán por bastante más tiempo, y es probable que marquen un antes y un después en muchos aspectos de la economía y la vida de las personas en todo el mundo.

Un ámbito cuyos alcances apuntan a trascender la actual emergencia, es el de la tecnología y el trabajo. Por una parte el teletrabajo irrumpe con un nivel inédito de masificación. Desde nuestros lugares de confinamiento, al igual que una parte significativa de la humanidad, desarrollamos total o parcialmente nuestros trabajos por vía remota, con el fin de acatar el distanciamiento social y de paso facilitar un desempeño más fluido de los servicios esenciales como la salud y la cadena de abastecimiento de bienes de primera necesidad. Las plataformas de teletrabajo y de conferencias virtuales acogen a un número de usuarios impensado pocos meses atrás, y al mismo tiempo las tareas y relaciones laborales deben replantearse, muchas veces con el desafío de adecuar espacios y rutinas familiares a esta nueva dinámica laboral. En este escenario, se abre una ventana de oportunidad para el desarrollo de softwares y aplicaciones innovadoras, ideadas para dar respuesta a estos nuevos requerimientos de conectividad para el trabajo cotidiano. Algo parecido y quizás mucho más desafiante está ocurriendo con la educación, que no debe ser visto sólo como una respuesta coyuntural ante la emergencia, sino como la oportunidad para transformar paradigmas pedagógicos y formativos, con el desafío social de asegurar la conectividad universal requerida como bien público para ello.

Por otra parte, la emergencia y los riesgos a mitigar han revelado la importancia de la colaboración científica orientada por propósito. Un levantamiento reciente a nivel de la Universidad de Concepción nos permitió identificar cerca de treinta desarrollos innovadores en curso, a nivel de diferentes Facultades y Centros, en materias tales como laboratorios especializados, servicios en línea de diagnóstico y telesalud, productos biotecnológicos, equipos y dispositivos médicos, modelos predictivos, de análisis de datos, y plataformas de apoyo y formación digital para pymes. Casi todos estos esfuerzos se despliegan en el marco de alianzas con socios públicos y privados, confirmando la relevancia de contar con una base de capacidades científicas y capital humano avanzado, que puedan orientarse a desafíos y oportunidades, que en cualquier momento como ahora, requiera nuestro país. Esta evidencia, que se replica y complementa en diferentes Universidades y Centros de investigación y desarrollo tecnológico a lo largo del país, confirma elocuentemente el imperativo no sólo de incrementar el esfuerzo en investigación y desarrollo (I+D) sino también de conectar dicho esfuerzo con la consolidación de capacidades tecnológicas y productivas, y con los procesos de innovación y emprendimiento tanto económico como social. Confiemos en que a partir de la pandemia Covid-19, en un mundo que ya no será el mismo, este objetivo será reconocido y priorizado en las políticas públicas y en las estrategias de los grupos económicos y empresariales líderes de nuestro país.