Por Dr. Óscar Ponce Ponce, académico, formado en la Facultad de Ciencias Biológicas, Universidad de Concepción.

Desde hace muchos años me ha preocupado la creencia en el sentido de que entre hombres y mujeres hay diferencias de capacidades. Y desde mucho estudiar he llegado a estar de acuerdo con aquellos y aquellas que afirman que del punto de vista de las creaciones cerebrales y las decisiones no hay tales separaciones. Por lo menos desde una perspectiva bioquímica.

Ejemplos hay muchos en el mundo. Voy a hacer un relato que guardo en mi memoria desde hace mucho tiempo.

Una madrugada de un 16 de junio de 1963, una mujer que dormía profundamente fue despertada abruptamente, tal como estaba programado. La mujer abrió sus ojos verde claro y decidió impregnarse de tranquilidad. Se vistió. Apenas probó su desayuno. La tensión por su quehacer desde ese día era demasiado grande.

Le pusieron un complicado traje rojo. Le calzaron sus botas blancas. La trasladaron en un vehículo terrestre a un lugar desde donde iniciaría un viaje único y diferente. Muchos la saludaban. Otros le tomaban fotografías. A todos les entregaba una sonrisa. Y gestos de despedida para muchos. Luego un ascensor la ascendió a cientos de metros y entró a la cabina de un vehículo muy distinto. Para empezar tenía la potencia de cientos de miles de automóviles, y estaba cargado con toneladas de combustible. Aquel vehículo era una nave espacial.

Desde antes y con esa mujer, habían estado cientos de ingenieros, doctores, técnicos, obreros especializados, hombres y mujeres que habían preparado la nave para que tuviera la más absoluta seguridad.

Y ahora estaba allí ella sola, frente a un complicado tablero de luces, cables, perillas y botones. El cerebro de la nave Vostok VI. Ella sería la primera mujer astronauta de la historia.

Había llegado el momento de poner a prueba toda su inteligencia, su aprendizaje, su memoria, su entrenamiento, su poder de decisión.

Estaba ya lejos en el tiempo cuando siendo una obrera textil especializada le empezó a apasionar la idea de ser una mujer astronauta. Fueron muchas barreras que hubo de sortear: Selección, competir de igual a igual entre hombres y mujeres, horas de estudio, aprendizaje y práctica. Todo aquello hubo de pasar por su mente al momento de iniciar su viaje a las estrellas.

En la tierra todo era silencio. De pronto se escuchó la voz de la astronauta que transmitía radiante: “Aquí les habla la gaviota, el cielo es hermoso, desde aquí arriba los veo, la tierra es muy bella, todo va muy bien, les habló la gaviota”.

La gaviota era Valentina Tereshkova. Permaneció en el espacio 60 horas y 51 minutos , circunnavegó 48 veces la tierra y cumplió su sueño de mujer. “He vuelto a pisar la tierra, estoy feliz”, dijo luego de haber abandonado su nave saltando desde seis mil metros para luego abrir su paracaídas.

Tuve la suerte de conocer con otros jóvenes de aquel tiempo, a Valentina, y hablamos con ella. Una mujer extraordinaria. Le pregunté que esperaba de la juventud del mundo, me respondió que “todo en sentido positivo, porque los jóvenes buenos han serán los constructores de Mundo”.

Pero lo que más me impresioné fue cuando nos habló a todos y nos dijo que “desde lo alto la tierra es tan pequeña en el espacio sideral que lo único que deseó fue que allá abajo, donde cada país es un puntito en el espacio, no hubieran más guerra, ni más luchas y que solo hubiera paz. Tal como se ve la tierra desde arriba”.

Creo que Valentina tuvo la oportunidad de reivindicar a la mujer en un tiempo, en el tiempo en que se dudaba algo que hoy día no se puede objetar científicamente: la capacidad cerebral, la inteligencia, la mente humana o como quiera expresarse; potencialmente no tiene diferencias entre hombre y mujeres. Ella fue una de las que demostró que con tesón, con estudio, con inteligencia, y sobre todo con oportunidad, la materia gris es igualmente capaz, sin distinción de sexo.

Así recuerdo a Valentina: una mujer inteligente, de ojos verde claro, rubia, de voz muy cálida, muy hermosa: que tuvo el privilegio de acercarse a las estrellas.