Por Dr. Roger Leiton Thompson, colaborador en el Centro para la Instrumentación Astronómica UdeC, del Departamento de Astronomía UdeC

A los 13 años le planteé a uno de los curas de mi colegio la siguiente duda: “Imaginemos que existen muchos planetas en el Universo habitados por extraterrestres, ¿tendría Jesús entonces que hacerse crucificar por los pecados de todos aquellos E.T.s en cada uno de esos planetas también?”. El cura Lino me miró un momento y dijo “mmm, no lo había pensado. Puede ser”. Y yo me dije: “¡pero qué inútil cantidad de sufrimiento!” y seguí en mi firme ruta hacia el agnosticismo.

En el siglo XVI, un monje italiano tuvo una ocurrencia similar a un Jesús multi-planetario, entre otras ideas peligrosas, y terminó hecho cenizas en una pira en Roma.

Fray Giordano Bruno (1548-1600) fue un prolífico y polémico filósofo, escritor de poemas, tragedias y comedias. Viajó por Europa compartiendo sus ideas, dejando detrás una estela de poderosos aliados y escapando de hostiles clérigos en Italia, Alemania, Francia, Suiza e Inglaterra. Fue enjuiciado, encerrado por 8 años e invitado a retractarse.

Con poderosos amigos políticos, esperaba zafar de un momento a otro. Pero una vez conocida la sentencia, Giordano tuvo menos miedo a morir que a estar equivocado y sin arrepentimientos aceptó ser quemado vivo en público. Fue acusado por sus creencias sobre la divinidad de Cristo y María, entre otras herejías. Pero el cargo más repetido durante las acusaciones fue la de proclamar la “existencia de mundos innumerables”, planetas girando en torno a soles distantes, quizás habitados. A pesar de que sus ideas no eran propiamente científicas (algunas propuestas ya antes por otros), los Inquisidores no podían aceptar que “existan dos o muchos mundos, ya que tampoco afirmamos dos o muchos Cristos”.

Desde Giordano, la Civilización Occidental ha avanzado enormemente tanto en confort material como en paz y libertad. Nunca hubo más espacio para que un individuo pueda expresarse como en el presente. Por eso de niño yo pude hacer mi pregunta y crecer hasta escribir esta columna sin temor a ser ajusticiado por expresar una duda.

A pesar de este progreso, la intolerancia aún brota en el siglo XXI: hay lugares donde aún se prohíben y queman libros, museos son destruidos y estatuas decapitadas; aun hay personas que pueden perder hasta la vida por negarse a obedecer a los matones ideológicos o religiosos de turno. Peor aún, la intolerancia no sólo parece venir de gobiernos o instituciones, también brota a veces de grupos fanáticos de la sociedad civil (las versiones criollas de intolerancia conocidas como “funas”, agresiones verbales y físicas por pensar diferente y la censura de individuos por parte de grupos de interés).

Errado o no, como todo individuo, Giordano tenía el derecho de pensar lo que le dictase su conciencia. Igual que hoy. La diferencia es que como Humanidad debiéramos haber aprendido de historias como las de Giordano y sus Inquisidores.

Hoy, más que nunca, habría que tener muy claro que ninguna ideología es más importante que la vida, dignidad o la libertad de pensamiento de un ser humano.