Chile ocupa dos puestos en la lista de los 10 mayores terremotos de la historia mundial. Lidera con el terremoto de Valdivia de 1960 y ocupa el sexto puesto con el 8.8 producido el 27 de febrero de 2010, 150 km al norte de Concepción, en el sector costero de la Provincia de Cauquenes.

Transcurridos 10 años, este desastre natural ha sido el punto de inicio de decenas de investigaciones sismológicas, algunas de las que han sido desarrolladas por equipos multidisciplinarios, donde se incluyen científicos y científicas de la Universidad de Concepción.

Según el Doctor Andrés Tassara, Director del Departamento de Ciencias de la Tierra de la UdeC, el 27 F ha sido fundamental para Chile y para el mundo – al igual que el terremoto de Japón en 2011 – principalmente por la gran cantidad de datos recopilados antes, durante y después del fenómeno, los que “han sido muy útiles para entender mejor lo que conlleva un terremoto de esas características”.

Además, el profesional comentó que tras el 27 de febrero, la ciencia se ha planteado nuevas preguntas desde el punto de vista del entendimiento de los terremotos de subducción, logrando “la desmitificación de algunas hipótesis y, con esto, estimular a la ciencia”, declaró.

Previo al terremoto, el país se encontraba en condiciones precarias en cuanto a instrumentación sísmica, lo que se unía a los pocos investigadores con dedicación exclusiva en el estudio de esta área.  Así lo explicó el profesor titular del Departamento de Geofísica de la UdeC y experto en tsunamis, Dr. Dante Figueroa.

Uno de los investigadores pertenecientes a la UdeC y que dedica su labor profesional a la sismología, es Marcos Moreno, geólogo, doctor en Geodesia de la Universidad Técnica de Berlín y docente del Departamento de Geofísica de la UdeC. Actualmente es parte de uno de los proyectos multidisciplinarios más ambiciosos en el estudio de terremotos, el que reúne el trabajo de especialistas de 5 prestigiosas universidades del país, y la colaboración extranjera de institutos y centros de Estados Unidos y Alemania.

«PRECURSOR: hacia la comprensión de la deformación sísmica transitoria a precursora en Chile» – del Programa de Investigación Asociativa ANILLO – es el nombre del proyecto, que tiene como líneas o áreas centrales: el procesamiento de datos de GPS e INSAR (radares) para el estudio de terremotos en Chile; el modelamiento del origen mecánico de la actividad precursora y su rol en la ocurrencia de terremotos, y finalmente, la aplicación de machine learning (aprendizaje automático) y data science en el estudio de terremotos y deformación en Chile.

La investigación – que reúne a sismólogos, matemáticos, geodistas y geofísicos – se divide en dos partes. Primero, recoge los datos obtenidos en las últimas dos décadas en todo el país, focalizándose en la zona comprendida entre Taltal y Copiapó – y segundo, contempla la instalación de instrumentación terrestre y oceánica con el fin de “entender la actividad que ocurre antes de un terremoto (…) y tal vez, entender la relación entre la deformación y los sismos más pequeños, que son más frecuentes”, explicó el Dr. Moreno.

Los datos recopilados, la instrumentación y el trabajo colaborativo entre expertos de todo el mundo ha permitido determinar, con relativa certeza, qué zonas de Chile son más propensas a la ocurrencia de un sismo, debido a características como la sismicidad, la superficie, la “sequía sísmica”, entre otras.

Sistema de radares para alerta de tsunami

El 8.8 tuvo su origen en un desplazamiento de la placa de Nazca bajo la Sudamericana, teniendo como consecuencia la destrucción de gran parte de la zona centro del país. Daños en infraestructura, el corte de los suministros de algunos servicios básicos, la caída de puentes y el daño en carreteras, fue parte del saldo inicial del desastre, pero las costas chilenas y sus habitantes aún no vivían la peor parte.

Aproximadamente media hora después del sismo principal, una ola superior a los 8 metros causó estragos en algunas comunas de las regiones del Maule y Biobío. La isla Robinson Crusoe, Curanipe, Pelluhue, Cauquenes, Constitución, Dichato, Tirúa, Lota y Coronel fueron parte de la lista de ciudades azotadas por un tsunami que costó la vida a muchos chilenos y chilenas.

El cuestionado accionar de instituciones como la Oficina Nacional de Emergencia (Onemi) y el Servicio Hidrográfico y Oceánico de la Armada de Chile (Shoa), relevan la importancia del surgimiento de nuevos organismos y proyectos que colaboran con la detección oportuna de este fenómeno natural. De esta forma surge el Sistema Integrado de Observación del Océano en la Región del Biobío, CHIOOS – por su sigla en inglés Chilean Integrated Ocean Observing System.

Su directora alterna es la Dra. Ignacia Calisto, profesora del Departamento de Geofísica de la UdeC, quien destacó la importancia de contar con una plataforma que colecte, integre y entregue información oceánica y costera para facilitar la toma de decisiones en materia de seguridad, manejo de recursos, transporte marítimo, y predicción y mitigación de amenazas costeras en el territorio chileno.

Parte del trabajo del CHIOOS se realiza gracias a los Radares HF (High Frequency) marinos WERA, de los que se instalaron dos en la región: uno en el Faro Punta Hualpén, ubicado en la comuna del mismo nombre, y el segundo en el Edifico Olas, en la comuna de San Pedro de la Paz.

Según indica la página https://chioos.cl/ , “estos equipos de percepción remota permiten obtener importantes variables oceanográficos como: corrientes superficiales, oleaje y dirección del viento, en extensas superficies de océano y con una excelente resolución espacio-temporal”, configurándose como un eficaz y confiable  sistema de detección de tsunamis.

En la actualidad, los únicos dos dispositivos en Chile y en la costa este del Océano Pacífico al sur de México son manejados por el Departamento de Geofísica de la Universidad de Concepción.

La Dra. Calisto relató que aún no han podido medir un tsunami desde 2011, aunque éstos no sólo  pueden ser generados por sismos, sino que también por deslizamiento de terreno submarinos o por perturbaciones atmosféricas – por ejemplo, cambios bruscos de presión – lo que se denomina un meteotsunami.

Consultada sobre aspectos positivos que pudieran citarse, desde el punto académico, la geofísica planteó que, tras el desastre, las autoridades lograron entender la necesidad de un cambio estructural en políticas en riesgos naturales, las que no sólo contemplan un plan en caso de sismos y de tsunami, sino que logró “hacer abrir los ojos a otro tipo de riesgos”.

El terremoto y posterior tsunami que impactó las costas chilenas en 2010, destruyó localidades completas, varias de las cuales aún continúan reconstruyéndose y sus habitantes adaptándose a sus condiciones de vida. Finalmente, esta catástrofe dejó un saldo de 523 muertos, 24 desaparecidos y más de 800 mil damnificados.

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Foto: Sistema Integrado de Observación del Océano en la Región del Biobío / chioos.cl